Escapismo 05

He navegado el día con el

espíritu sobresaltado

bajo espasmos de

horas aún no transcurridas,

largas e inciertas…

Se desplaza el tiempo como

arena en agua,

denso, pesado,

separándose y hundiéndose.

Intento arrancar el pellejo acongojado

para sacudirlo y darle un nuevo vigor,

un propósito, una esperanza, un consuelo.

Escapismo 03

Una casa antigua, de espacios abiertos y elegantes, teñida de luz  proveniente de un enorme candil.

 

Cuatro  mujeres vestidas completamente de blanco conversan solemnes.

 

Un hombre a lo lejos las observa arrobado.

 

Las damas absortas en su plática dan la apariencia de no saberse contempladas. El hombre infiere que cuando se posee de tal belleza y elegancia, el ser analizado por los demás es tan habitual que ya no se percibe.

 

Súbitamente se remonta a una época de su juventud hasta ese momento eclipsada. De su interior se derrama pequeñez e incertidumbre.

 

“Tanta luz. Blancura excesiva. ¡Es demasiado!” Sale despavorido.

 

En el exterior turbio, frígido, y opaco el hombre ahora se siente mucho mejor…

It’s been said of Picasso: “At the age of sixteen, he produced two paintings which were of academic perfection…. So what do you do with your life if you’re producing academically perfect works at the age of sixteen? Every step afterwards is an innovation.” Indeed, whether you like where Picasso went or not, it’s undeniable […]

via What’s a Genius to Do? — word and silence

The Catfish as Metaphor

There is a secondhand bookstore I visit on occasion. It is big and has an old times feeling to it that I find quite comforting. This bookstore is housed in an old building with different rooms you can go through to browse along the many bookshelves. One of the larger areas has a media section and in it you can find used cassette tapes, CD’s, movies, and vinyl records. The record cabinet sits in the middle, wide and somewhat intrusive. Off to one side there are a couple of chairs. I was sitting on one that was right next to a bookshelf full of reference and nature materials;  one of them caught my attention because of its catchy title.

As I looked at the book and wondered why the author had given it such a philosophical name, two young men and a girl – looking no older than early twenties – walked into the area in loud conversation followed by who was probably the mother of at least one of them. The three youngsters gravitated towards the cabinet in curious amazement, and began shuffling through the sleeping rows of plastic and soft cardboard sleeves. I had just been going through the collection myself before they arrived; although I would not call  myself a music expert in all genres, I was not at all impressed with what I had encountered and abandoned the cabinet somewhat cynically after looking through it. This was clearly not a carefully curated collection like the ones found at the vinyl shops I have seen emerging lately.

One of the young men – blond and the most outspoken of the three – was talking about how he loved vinyl and old music. He came across a Bill Cosby comedy album and pulled it out. The other two meanwhile browsed around through different sections while the older woman lurked close by with a look that reflected a combination of condescension and boredom. She seemed somewhat amused by how excited these kids were with the records, whereas to her they were probably nothing more than abandoned relics collected from some old person’s home after they had passed, discards from who-knows-where, or maybe even leftovers from an estate sale.

“This record is probably worth a lot of money now” states Blond Guy with the record still in his hands and a knowing look on his face.

“I doubt it!” replied the older woman with a smirk. “It’s actually probably worth nothing now.”

They continue looking and Blond Guy now declares that the albums should be arranged by genre instead of alphabetical order. My immediate thought is that if that were to be the case, then those genres could only consist of Classical, Polka, Neil Diamond (there were just so many of his records in there), and a fourth which could be named Miscellaneous to cover the few other records that would not fit into the aforementioned categories.
The girl says she is looking for records from the 30’s, 40’s, and 70’s. She then confesses she does not even own a record player. “Maybe someday…”.

“Wow! They have Doris Day!” exclaims Blond Guy.

“She was so bad! Like, how did she ever become famous?” retorts Older Woman, seeming to know better.

“I like her,” answers Blond Guy, embarrassed.

“Who’s ready for food?” asks the other guy, who had said nothing during this whole exchange.

And with that, the group walks out, empty handed. I sit there, looking at the now vacant room, then drift back again to my thoughts on the title The Catfish as Metaphor.

Y Sí…

El Zorro es más sabio

A. Monterroso (1921 – 2003)

Un día que el zorro estaba aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto y lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aún escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaban los años y no publicaba otra cosa.

Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir:

¿Qué pasa con el zorro?, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

– Pero si ya he publicado dos libros – respondía él con cansancio.

– Y son muy buenos -le contestaban- por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

Escapismo 01

“Hace unos días me sucedió. Lo tengo tan presente como si hubiera despertado de ese sueño apenas unas horas atrás. Me encontraba acompañado de mi hermana, y éramos los dos un par de niños. Ella se veía tal como luce en las fotos familiares que veo cada vez que visito la casa en la que crecí: seria y desapegada. A distancia percibía a mi madre posada sobre sus piernas dobladas; joven, esbelta, y con el cabello negro y estilizado que tan bien la caracterizaba.

Como suele pasar en sueños, de pronto ya estábamos sentados los tres en el suelo de una amplia estancia, rodeados de varias peceras de diferentes tamaños, repletas de plantas y de peces muy pequeños y de vívidos colores, como cuentas de collares. El agua contenida era tan clara que parecía que aquellos peces flotaban en pleno aire. El piso era negro, frío, y muy brilloso, de mármol. Contrastaba con las paredes blancas y vacías de la pieza. No se veían muebles por ningún lado, y se respiraba un ambiente poco familiar, como el de una habitación en la cual nunca se había estado.

Mi madre estaba empeñada en intercambiar a los peces entre las peceras. Pensé en lo complicado que sería tal tarea. No entendía el propósito y estuve a punto de replicar, más sin embargo nos repetía que debíamos vaciar todos esos envases de vidrio y que debíamos ayudarle. Su insistencia rayaba en el hastío, como el coro de una tonada desagradable que parece no tener fin. Contradecirla sería inútil.

Súbitamente, todos aquellos tranquilos envases comenzaron a volcarse por sí solos y su contenido se esparció por todo el suelo. Pasé del estupor a la desesperación. Me levanté de un salto, y comencé a sentir el agua mojando mis pies. Ví cómo los pequeños peces temblaban inciertos en varios charcos que se empezaron a acumular a nuestro alrededor. Agobiado y con un tremendo pesar, me afanaba en salvar a esos escurridizos seres babosos y gelatinosos. Cada vez que tocaba uno, se separaba en pequeñas esferas mercuriales; al retirar mi mano volvía a su aspecto original. Intenté rescatar varios, pero todos se me escapaban igual. Era una labor futil.

En eso concluyó mi sueño; al despertar no pude evitar sentir más que alivio al darme cuenta de que es mejor aceptar que hay cosas que por más que uno intente, no tienen salvación.”