Epistolaria Milenaria

Como con todo lo que se va rezagando con el paso del tiempo, también las viejas cuentas de correo electrónico van acumulando el polvo del abandono, y hoy he dedicado parte de mi tiempo a limpiar una a la que lo único que llega son promociones y correspondencia ‘chatarra’. Ya ni siquiera recordaba mi contraseña, pero una vez que pude accesar mis mensajes, me remonté a un pasado que en la memoria no parece tan lejano, pero que al cotejar las fechas se puede confirmar que el transcurrir del tiempo en algunos contextos es casi imperceptible. En la bandeja de mensajes enviados encontré amistades a las que ya no recordaba, fotos de mis hijos cuando eran bebés, correos a mi mamá (para quien todo eso de los mensajes electrónicos era una complicación); también me sumergí en la nostalgia de la rutina que conlleva la vida matrimonial al leer mensajes que le mandaba a mi pareja, recordatorios de citas, copias de recibos de artículos que se habían comprado, etc. Finalmente – después de estarle sacando la vuelta – me dejé jalar hacia la reminiscencia de una historia que igual terminó como inició, con un intercambio que comenzó muchos años atrás y que después de largas pausas cronológicas de alguna manera u otra reiniciaba. Los mensajes que se encontraban aún en esta descuidada cuenta eran amistosos: el obligatorio saludo a la familia; la curiosidad de saber de amistades en común; preguntas de rutina.

Ya después vendrían las confesiones e intercambios de compatibilidades, hasta culminar en derramas de desencuentros y mensajes mal correspondidos. El tedio y la incomodidad de retomar la conversación  superó el anhelo de darle impulso a lo que en su momento ofrecía un futuro prometedor. Hubo momentos en que me sorprendí ante el contenido de algunos de los intercambios iniciales, que ahora ni siquiera se leen como si estuvieran dirigidos a mí. Eran cartas que se escribieron por parte de dos personas sumamente comprometidas a hacer realidad un  proyecto de hacía mucho tiempo atrás. No reconozco al remitente de tales mensajes, porque la persona del presente no tiene nada que ver con la que se plasmó en tan detalladas misivas, y el paso del tiempo me ha ayudado a volver a esa memoria con otra perspectiva y con más sabiduría. A pesar del recuerdo que evoca volver a leer un correo electrónico antiguo, es triste que las generaciones de hoy en día no experimenten esa alegría de recibir un mensaje estampado en papel, al que se le dedicó tiempo, concentración, y un momento de inspiración – por muy breve que fuere. Aún conservo todas las cartas que recibí desde niña. Unas eran de amigas de la clase, otras llegaban desde muy lejos y tardaban hasta meses en ser depositadas en el buzón de mi casa dado el sistema de correo mexicano tan arcaico que había. Algunas se escribieron en papelería decorada, otras incluyen dibujitos y calcomanías. Un novio que tuve incluso escribía letras completas de canciones que me dedicaba. Y cada vez que veo todas estas cartas recuerdo esa sensación de expectativa al estar esperando que las que yo mandaba fueran correspondidas. Tal vez por eso el don de la paciencia es cada vez más escaso. Todo es tan automático, inmediato, y hasta incapaz de sorprender.

Y así, con la rapidez que ofrece la tecnología, hace unos días borré todo aquello que sé ya es mejor dejar ir. Pero algunos mensajes, los que aún conservan ese tono de amistad, decidí dejarlos junto con todos los demás en esta cuenta a la que regreso muy de vez en cuando y que ya está prácticamente abandonada.

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How a Beloved Children’s Book Was Born of Despair | Literary Hub

Where does the Little Prince come from? If you ask him, he hails from Asteroid B-612, a planet not much bigger than a house—which begs the question of where he stores his extensive wardrobe. His creator maintained that he one day looked down on what he thought was a blank sheet of paper, to discover the tiny figure. “I
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Hidden Tracks

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Beach House’s music always puts me in a mellow mood. This song was hidden in the last track of their album Bloom, and discovering it was one of those happy accidents that happen every once in a while at moments in which the mundane is keeping you busy with other things. I left the CD playing while cleaning around the house, forgot about it, and suddenly there it was. Many years later I listen to the song and it still takes me back to that moment. Now it is manifested in all its glory in their album B-Sides and Rarities. I still kind of wish they had kept it stowed away within “Irene”.

The kind you like

To come back in

Wherever you go

No hawk in sight

The sea will dry

The sun’s just set

The brightened lines

Stick by your side

Wherever you go

The kind you like

Have come back here

They told you so

Wherever you go

Nobody here is true

The light’s off

Wherever you go

Nobody here is true

The kind you like

No end in sight

The rest you know