A Galia no le Asusta Nada

Era un día como cualquier otro. Martes cotidiano e inconsecuente. Había un bar en particular al que nos gustaba ir, ya que la música era buena y disfrutábamos mucho la botana que servían ahí: una combinación de maíz tostado con salsa de almejas, salsa soya, y limón y para la cual siempre pedíamos una cuchara, consumiéndola como si fuera un plato de pozole. Tal bar era frecuentemente visitado por varios de nosotros entre semana después de salir del trabajo o de las clases de la universidad. Mientras los del grupo platicaban, yo observaba a Galia a distancia con una combinación de admiración, lástima, y sobre todo, una tremenda envidia. Como era ya su costumbre, Galia hablaba de lo “pinche” que estaba la ciudad y que en cuanto le fuera posible trataría de conseguir una beca para irse a estudiar a Londres. Decía que allá era fácil conseguir trabajo de nana y que pagaban bien. En mi opinión, Galia y sus crisis existenciales estaban pobremente justificadas. Hija de padres acomodados, había asistido a escuelas de paga, traía su propio carro de modelo reciente,  y además no tenía que trabajar para solventar sus salidas, ropa, ni viajes para ir a festivales de música y culturales. Era casi seguro que sus papás le iban a pagar su ida a Londres aunque no consiguiera la beca, con tal de descansar de ella un rato porque ah cómo les daba problemas.

Galia llamaba la atención precisamente por ser rebelde, pero más que nada por su promiscuidad y total carencia de preocupación alguna ante lo que opinaran los demás de ella. Esto le otorgaba la libertad de hacer lo que le diera su regalada gana, y por consecuencia, la convertía en la comidilla de todos los hipócritas que nos jactábamos de ser liberales y a la vez la criticábamos por ser tan escandalosa. Yo tenía plena consciencia de lo contradictoria y sexista que era esta conducta de nuestra parte, pero por querer pertenecer y seguir la corriente jamas lo externé. Además, mi falta de carácter y de personalidad me impedía realmente expresar mis ideas y posturas con verdadera convicción. Lo más detestable de todo era cómo disfrutaba escuchar las habladurías acerca de quien ahora entiendo era una persona a quien yo muy por dentro realmente admiraba por ser tan cabrona. De ser posible, probablemente hasta hubiera cultivado una amistad con ella para acompañarla en sus aventuras con tremendo brío, pero me importaba más quedar bien con los supuestos amigos.

Siempre había anécdotas en torno a Galia.  Se escuchaba acerca de la vez que se había ido de su casa tras una pelea con su mamá, quien ya estaba cansada de que llegara tarde a la casa entre semana. No batalló gran cosa, ya que su papá sabía que se estaba quedando en casa de su amiga Nora y los días que estuvo supuestamente perdida Galia iba a la oficina de él para que le diera dinero. Otras historias trataban de los coqueteos de Galia tanto con hombres como mujeres. Era agresiva y no dudaba en ir tras de alguien si le atraía; salía con personas del mismo círculo de amistades, lo cual llegó a ocasionar discordia entre los amigos, sin que ella sufriera ninguna clase de remordimiento. A la novia de un conocido la intentó besar una noche que le dio un aventón después de ir a una fiesta, pero fue categóricamente rechazada. En las reuniones entre amigos no era inusual que Galia se encerrara con alguien en una de las recámaras y emergiera al rato como si nada para continuar la parranda. A Galia nunca se le conoció una relación seria. Ella buscaba su satisfacción y no reparaba en las críticas. Yo en cambio siempre me preocupaba por quedar bien, no me gustaba dar de qué hablar, y varias veces me negué oportunidades de viajar y experimentar por apostarle a lo seguro. Por ende, escuchar las anécdotas en torno a Galia me servía para vivir por medio de alguien ajeno lo que yo tanto deseaba tener las agallas para hacer por mi cuenta.

Este martes nos habíamos reunido varios amigos de la pandilla usual, pero transcurrió la tarde y el grupo fue disminuyendo hasta que solamente quedamos Efrén, Mirna, Saúl, y yo. Después de que Galia se fue del bar con las dos amigas con las que había llegado (dos chavitas unos años menor que ella y bastante influenciables), Saúl empezó a contarnos que la semana anterior se la había topado en la biblioteca de la escuela. Saúl y Galia eran buenos amigos, y cuando alguien hablaba de ella Saúl se limitaba a escuchar sin hacer ninguna clase de comentario. Se nos hizo raro que en esta ocasión la sacara a conversación. Saúl dijo que Galia le había dicho que no había llegado su profesor de estadística, y que si no la quería acompañar a comer y a ir de compras al centro comercial. Le dijo que sí, siempre y cuando ella le pudiera dar un aventón de regreso antes de su clase de las 3. Vale mencionar que Saúl era conocido por todos por ser un chavo arribista y convenenciero, pero aun asi lo aguantábamos porque era chistoso y muy histriónico a la hora de relatar. Nos quedaba claro entonces que Saúl acompañó a Galia porque sabía que le iba a disparar la comida y cualquier artículo que aquel se quisiera comprar. En su afán de caer bien y sentirse admirada, Galia compraba a sus amistades con gestos de generosidad, y como siempre, había uno que otro del grupo que no dudaba en sacar provecho.

Según Saúl, él y Galia quedaron de verse en quince minutos en el estacionamiento detrás de la biblioteca. Al encontrarse se fumaron un cigarro y luego se dirigieron al carro de Galia, un Volkswagen Golf de cuatro puertas azul metálico con el vidrio de atrás repleto de calcomanías de diferentes bandas de música alternativa. En el camino, iban charlando animadamente sobre la última película de Almodóvar y sobre sus planes para las vacaciones. Galia se iría a pasar el verano con sus papás en Monterrey, donde tenía familia y le gustaba visitar porque siempre se juntaba con su prima Rita, quien era algunos años mayor y le había enseñado de todo: música, a fumar, a besar, etc. Llegaron a un lugar de autoservicio, y ordenaron unas hamburguesas. Mientras se las comían dentro del carro, Galia le contó que ya se moría por irse a Monterrey, porque allá si había cultura y mucho qué hacer, “no que aquí”. Saúl se acordó que después de comer habían planeado ir de compras, así que le preguntó si iba a adquirir algo en especial. “Quiero ir a ver unos zapatos y a ver qué más encuentro. Gracias por acompañarme, ¿eh?. Y no te apures, si ves algo que te guste tú nada más dime y lo cargamos en la tarjeta de mi papá. Ahí luego me lo pagas.”

“¿Y sí le tomaste la palabra?” – preguntó Mirna con un tono un poco sarcástico. “Tenían unos discos de Sonic Youth que desde hace rato quería comprar y tuve que aprovechar. ¿Qué, pinche Efrén? No te estés burlando, güey. Seguramente tú no hubieras hecho lo mismo,” contestó Saúl actuando ofendido.

Después de mofarnos un rato de su fingida inocencia, lo instamos a que continuara con su relato. Saúl nos dijo que llegaron a la tienda y a pesar de haber entrado por el área de zapatería, Galia ni siquiera volteó a ver los zapatos. Saúl la siguió mientras ella se encaminaba directo a la sección de cosméticos. Galia le empezó a preguntar a Saúl cómo le estaba yendo en sus clases de diseño gráfico, le preguntó  por algunos amigos en común que ya se habían graduado, y luego le platicó que ella solamente estaba estudiando administración por complacer a sus papás pero que ella en realidad lo que quería estudiar era historia del arte. Mientras hablaban, Galia casualmente comenzó a deslizar su mano sobre los esmaltes de uñas y tomó dos; se pasaron al estante de las sombras para los ojos y mientras con la mano que tenía desocupada tomaba dos estuches, se embolsó los esmaltes que había tomado en su morral de tejido artesanal que traía cruzado sobre el torso. Todos escuchamos a Saúl atónitos, en silencio, y con expresiones embobadas. No sé los demás, pero yo me preguntaba por qué una muchacha como Galia, de lana y buena posición social, se robaría cosas tan insignificantes como pinturas y esmaltes. A pesar de vestir en fachas, se veía que su ropa era de tiendas caras y estaba escogida meticulosamente. Yo en una ocasión me la había topado de compras con su mamá, y no había podido evitar fijarme en la cantidad de ropa que llevaba mientras yo a duras penas había juntado lo suficiente con lo que me daba mi papá para navidad y lo que ganaba trabajando en la cafetería de la universidad para poder comprarme los dos pares de pantalones y el abrigo que con mucho orgullo me iba a poder costear a pesar de ser de marca. Sentí hasta coraje.

“¿Neta, Saúl?,” – preguntó Efrén incrédulo. “Sí, güey. No estoy mamando,” – contestó Saúl entre risas. “Pero si se suponía que hasta iban a usar la tarjeta del papá. No tiene sentido lo que estás diciendo,” dije yo con voz chocante. Saúl se encogió de hombros y continuó.

Después de merodear en la sección de cosméticos Galia se metió los estuches de sombras cuidadosamente a su bolsa y luego se dirigió al área de discos. Saúl se limitó a seguirla, todavía confundido por lo que acababa de ver. Se separaron un buen rato mientras ella hurgaba en donde se encontraban los discos en español; Saúl a su vez se pasó  a la sección de discos en inglés, donde encontró los dos CD’s que ya había visto anteriormente; distraído mientras veía otras selecciones, no se dio cuenta a dónde se fue Galia. Después de rato Galia regresó y le dijo a Saúl que ya estaba lista para ir a pagar. Saúl le enseñó los CD’s y le preguntó si todavía seguía en pie la oferta de prestarle dinero para comprarlos. Galia simplemente tomó los discos y se los llevó a la cajera para que se los cobrara junto con el de Clandestino de Manu Chao que había escogido para ella. Salieron del lugar como si nada. Saúl nos confesó que por un momento se imaginó rodeado de guardias de seguridad y se empezó a sentir muy nervioso, pero al voltear a ver a Galia y notarla tranquila pensó que en todo caso la que se iba a meter en una bronca era ella. Esto lo ayudó a calmarse, y se subieron al carro sin más.

Al preguntarle a Saúl qué le dijo a Galia ya dentro del carro, nos contestó que la conversación fue más o menos así:

-“Oye Galia, ¿qué pedo? Antes y no nos cacharon.”

-“Ay, ¿a poco te sacaste de onda? A cada rato me llevo cosas y nunca se dan cuenta. Mira, desde hace rato que andaba buscando este libro, pero no lo tienen en español.”

Saúl tomó el libro de Maya Angelou con ilustraciones de Basquiat que sacó Galia de su morral y le extendió a modo de obsequio. A pesar de la fechoría, a Saúl le conmovió el gesto. Basquiat era uno de sus artistas favoritos, y el hecho de que Galia se hubiera robado ese libro le hizo ver que dentro de lo criminal del acto, no se podía ignorar el aspecto noble y detallista. Saúl nos dijo que no tuvo el corazón para rechazar el libro, y en esta ocasión le creímos. Será un aprovechado, sí, pero también sabemos que Saúl es sincero y de buenos sentimientos. Seguimos platicando de otras cosas, sentados en la barra mientras gente entraba y salía del lugar, algunos extraños y otros amigos que llegaban a saludar.

Así continuamos con nuestras acostumbradas reuniones en martes un par de años más. Después de lo que narró Saúl ese martes las historias en torno a Galia dejaron de llamar mi atención. Cuando me la topaba en lugares o conciertos la saludaba y en más de una ocasión pensé en invitarla a algún lado. Siempre me decía que la próxima vez que la viera lo haría, pero nunca lo cumplí.

Siguió pasando el tiempo y poco a poco la pandilla se fue separando. Unos se casaron, otros se fueron a vivir a otros lugares. Los que quedamos nos seguimos juntando en el bar, pero ya no los martes sino cuando nuestros trabajos o nuestras familias nos lo permitían. Yo terminé la carrera y opté por quedarme en la ciudad donde no pasa nada; vivo a gusto, tengo un buen trabajo, y en mis viajes de cada año sacio mi sed de aventura. Aun sostengo que no casarme ni tener hijos ha sido la mejor decisión que he tomado en la vida. A Galia la dejamos de ver años atrás, y en alguna ocasión alguien comentó que se había casado y ya tenía  una niña. La muchacha independiente y valemadrista que yo tanto envidiaba, ¿casada y con hijos? Honestamente no lo podía creer. Pero, ¿quién soy yo para juzgar?

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ikoperiko

"It's All Good... "

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