Escapismo 05

He navegado el día con el

espíritu sobresaltado

bajo espasmos de

horas aún no transcurridas,

largas e inciertas…

Se desplaza el tiempo como

arena en agua,

denso, pesado,

separándose y hundiéndose.

Intento arrancar el pellejo acongojado

para sacudirlo y darle un nuevo vigor,

un propósito, una esperanza, un consuelo.

Escapismo 03

Una casa antigua, de espacios abiertos y elegantes, teñida de luz  proveniente de un enorme candil.

 

Cuatro  mujeres vestidas completamente de blanco conversan solemnes.

 

Un hombre a lo lejos las observa arrobado.

 

Las damas absortas en su plática dan la apariencia de no saberse contempladas. El hombre infiere que cuando se posee de tal belleza y elegancia, el ser analizado por los demás es tan habitual que ya no se percibe.

 

Súbitamente se remonta a una época de su juventud hasta ese momento eclipsada. De su interior se derrama pequeñez e incertidumbre.

 

“Tanta luz. Blancura excesiva. ¡Es demasiado!” Sale despavorido.

 

En el exterior turbio, frígido, y opaco el hombre ahora se siente mucho mejor…

Y Sí…

El Zorro es más sabio

A. Monterroso (1921 – 2003)

Un día que el zorro estaba aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto y lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aún escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaban los años y no publicaba otra cosa.

Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir:

¿Qué pasa con el zorro?, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

– Pero si ya he publicado dos libros – respondía él con cansancio.

– Y son muy buenos -le contestaban- por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

Escapismo 01

“Hace unos días me sucedió. Lo tengo tan presente como si hubiera despertado de ese sueño apenas unas horas atrás. Me encontraba acompañado de mi hermana, y éramos los dos un par de niños. Ella se veía tal como luce en las fotos familiares que veo cada vez que visito la casa en la que crecí: seria y desapegada. A distancia percibía a mi madre posada sobre sus piernas dobladas; joven, esbelta, y con el cabello negro y estilizado que tan bien la caracterizaba.

Como suele pasar en sueños, de pronto ya estábamos sentados los tres en el suelo de una amplia estancia, rodeados de varias peceras de diferentes tamaños, repletas de plantas y de peces muy pequeños y de vívidos colores, como cuentas de collares. El agua contenida era tan clara que parecía que aquellos peces flotaban en pleno aire. El piso era negro, frío, y muy brilloso, como de mármol. Contrastaba con las paredes blancas y vacías de la pieza. No se veían muebles por ningún lado, y se respiraba un ambiente poco familiar, como el de una habitación en la cual nunca se había estado.

Mi madre estaba empeñada en intercambiar a los peces entre las peceras. Pensé en lo complicado que sería tal tarea. No entendía el propósito y estuve a punto de replicar, más sin embargo nos repetía que debíamos vaciar todos esos envases de vidrio y que debíamos ayudarle. Su insistencia rayaba en el hastío, como el coro de una tonada desagradable que parece no tener fin. Contradecirla sería inútil.

Súbitamente, todos aquellos tranquilos envases comenzaron a volcarse por sí solos y su contenido se esparció por todo el suelo. Pasé del estupor a la desesperación. Me levanté de un salto, y comencé a sentir el agua mojando mis pies. Ví cómo los pequeños peces temblaban inciertos en varios charcos que se empezaron a acumular a nuestro alrededor. Agobiado y con un tremendo pesar, me afanaba en salvar a esos escurridizos seres babosos y gelatinosos. Cada vez que tocaba uno, se separaba en pequeñas esferas mercuriales; al retirar mi mano volvía a su aspecto original. Intenté rescatar varios, pero todos se me escapaban igual. Era una labor futil.

En eso concluyó mi sueño; al despertar no pude evitar sentir más que alivio al darme cuenta de que es mejor aceptar que hay cosas que por más que uno intente, no tienen salvación.”