Aniversario

Hoy es un aniversario especial. No es una celebración compartida. No hay fotos que hayan plasmado la ocasión. Nadie me va a llamar jamás para felicitarme por el evento. Le llamo aniversario por su definición literal y no por esperar un festejo a cambio, porque es un día que no vale más para nadie, solamente es una fecha significativa para mí. La he recordado en silencio, y ahora la reflejo por medio de una plataforma electrónica, la cual me permite poner mis pensamientos en orden y definir ideas. De pronto se me ocurrió que posiblemente en un futuro volviera a leer esto y me percatara de que lo que considero como valioso en este momento, para ese entonces ya no signifique nada. Y así, el aniversario pasaría a ser un pensamiento tardío de lo que alguna vez fue, como suele pasar con otras ocasiones especiales que se van olvidando con el paso de los años y el menguar de los sentimientos.  Tal vez debiera escribir sobre ello minuciosa y detalladamente, y darle un nuevo valor porque el recuerdo dejaría de ser etéreo y se convertiría en un evento tangible. Si me llegara a aplicar en una verdadera disciplina y me dedicara a grabar detalladamente los sucesos importantes, con el cometido de leerlos después de transcurrido un largo tiempo, tengo la certeza de que encontraría patrones de conducta que se repiten. Entonces igual y hasta podría armar mi propio almanaque con predicciones de estados de humor y de conductas tanto benéficas como nocivas.

La siguiente liga muestra una interesante propuesta artística, la cual ofrece revivir el arte de crear calendarios que proyecten el entorno, la naturaleza, y los eventos importantes que se celebran en distintas comunidades, tal como se hacía en los tiempos de antaño:

Common Ground Projects – Almanacs

 

 

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Suculenta

“¿Qué es una suculenta?

Es una planta que almacena agua dentro de sus hojas, lo cual la hace ideal para mantenerse en zonas desérticas y de alta sequía. Son fáciles de cuidar y requieren de poca atención. Son perfectas para todos aquellos que quieran tener una planta pero no dispongan del tiempo para estar al pendiente de ella. Incluso, existen especies de suculentas que pueden durar semanas y hasta meses sin recibir agua o abono.” –Consulta por internet.

La nueva casa es abierta y llena de luz. Ofrece la inspiración y energía necesarias para un nuevo comienzo, por demasiado tiempo postergado. Acomodarla y decorarla le tienen la mente ocupada, y por ello se siente agradecido. Algunas de las piezas que amueblan el lugar vienen de un lugar del cual ya habían sido descartadas, lo que le provoca un sentimiento de molestia combinado con nostalgia. Hay objetos que buscan la manera de regresar a tu vida, te guste o no.

Gradualmente llegan diferentes personas a visitar para conocer la nueva casa. Recibe felicitaciones de todo tipo: que los espacios son más amplios, que está muy bien ubicada, tiene mucha personalidad, etc. Algunas noches es un amigo o familiar de visita, otras noches se congregan más personas y se convierte aquello en una reunión. Le dicen que organice una fiesta formal para estrenar la nueva vivienda. Les contesta siempre que luego les avisa cuándo será.

Durante una de esas tantas visitas, una amiga le entregó una maceta pequeña con una suculenta. Le explicó que se le hizo un buen obsequio porque sabe qué tan ocupado se la pasa, así que este regalo sería perfecto para alguien como él que no tiene tiempo para acordarse de regar plantas. “Tener plantas siempre alegra los espacios, no importa qué tan vacíos estén”, agregó ella. Él le recordó que su otra planta, la que tiene siempre en la ventana y que le regalaron hace ya muchos años, se encuentra en perfecto estado a pesar de ser de temporada y que esto es una clara demostración de que es muy capaz de atender algo que requiere cuidados constantes.

Y es verdad. A pesar del clima, el paso del tiempo, y varios cambios, esta planta ha crecido y se ha conservado fuerte y llamativa. Su presencia se impone y se mantiene. La amiga le dice que probablemente la planta está ya muy acostumbrada a él, y se dirige hacia la puerta para retirarse, no sin antes felicitarlo por su nuevo aposento y agregar el acostumbrado ‘hay que hacer algo luego, nos hablamos’.

La suculenta tiene forma de espiral y sus hojas son verdes y carnosas. Está montada en un cúmulo de piedritas y promete ser fácil de cuidar, dado que es desértica. Buscando dónde acomodarla, finalmente él se decide por la mesa del comedor, casi directamente frente a la ventana donde la otra planta celebra su presencia imponente.

Al principio la riega seguido, un tanto por cuidadoso, pero a la vez también por orgullo ya que no quiere darle la razón a su amiga dejando a la plantita morir. Así se pasan varias semanas hasta que, suponiendo que dada su especie no es necesario ponerle agua con tanta constancia, decide atenderla cada quince días en lugar de una vez por semana. La suculenta se mantiene firme, aunque no crece ni aumenta su follaje. Simplemente existe y se le ve bien. Incluso, cada que recibe visitas le comentan que su plantita está muy bonita y que ojalá y le dure siempre. “No a cualquiera se le dan las plantas, parece fácil pero conservarlas tiene su chiste”, le dice un amigo con la seguridad que viene del que lo ha experimentado.

Tiempo después llega a visitarlo una amiga que vive fuera de la ciudad y hace tiempo que no veía. Al invitarla a sentarse a la mesa, ella nota que la suculenta se ve medio tristona. Sus hojas están pálidas y un poco arrugadas. “No la estás regando seguido. Mira, por eso se ven así las hojitas, les falta agua. Yo tengo una y antes también se me pasaba ponerle agua y así se ponía, pero ahora ya la cuido mejor y ya se ve bonita otra vez.” De inmediato y apenado, él toma la maceta y la lleva al fregadero para echarle agua de la llave, a la vez explicándole que se la pasa con mil ocupaciones y la verdad sí la ha descuidado. Luego agrega que la va a atender mejor, sobre todo porque fue un regalo y le daría mucha vergüenza con su amiga si se le llegaba a marchitar. “Oye, pero qué curioso que la otra planta que tienes en la ventana está muy bien conservada.” “Es que esa ya tiene mucho tiempo y ya estoy muy acostumbrado a regarla seguido.”

Pasan los meses. Organiza una cena en honor a un amigo que se va a ir a vivir al extranjero después de terminar sus estudios de posgrado. Transcurre una velada muy amena, repleta de música, brebajes, y charla. Pasada ya la noche, se van retirando poco a poco sus invitados y él los va acompañando hasta la puerta. “Oye, la suculenta que te regalé. ¿Porqué la tienes acá afuera? Mira que ni me había dado cuenta de que no estaba adentro hasta ahorita que la vengo viendo.” La suculenta no se veía del todo marchita, pero sí que daba lástima. “Es que se me llenó de arañas, así que la tuve que sacar afuera. Estoy esperando a que se salgan todas para volverla a meter.”

“¡Uh, no! Tan bonita que estaba. Y yo que pensé que la ibas a cuidar como a la otra. De haber sabido, mejor ni te la regalo. Gracias por la cena. Hay que hacer algo luego, ¿no? ¡Nos hablamos!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escapismo 05

He navegado el día con el

espíritu sobresaltado

bajo espasmos de

horas aún no transcurridas,

largas e inciertas…

Se desplaza el tiempo como

arena en agua,

denso, pesado,

separándose y hundiéndose.

Intento arrancar el pellejo acongojado

para sacudirlo y darle un nuevo vigor,

un propósito, una esperanza, un consuelo.

Escapismo 03

Una casa antigua, de espacios abiertos y elegantes, teñida de luz  proveniente de un enorme candil.

 

Cuatro  mujeres vestidas completamente de blanco conversan solemnes.

 

Un hombre a lo lejos las observa arrobado.

 

Las damas absortas en su plática dan la apariencia de no saberse contempladas. El hombre infiere que cuando se posee de tal belleza y elegancia, el ser analizado por los demás es tan habitual que ya no se percibe.

 

Súbitamente se remonta a una época de su juventud hasta ese momento eclipsada. De su interior se derrama pequeñez e incertidumbre.

 

“Tanta luz. Blancura excesiva. ¡Es demasiado!” Sale despavorido.

 

En el exterior turbio, frígido, y opaco el hombre ahora se siente mucho mejor…

Y Sí…

El Zorro es más sabio

A. Monterroso (1921 – 2003)

Un día que el zorro estaba aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto y lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aún escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaban los años y no publicaba otra cosa.

Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir:

¿Qué pasa con el zorro?, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

– Pero si ya he publicado dos libros – respondía él con cansancio.

– Y son muy buenos -le contestaban- por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.

Y no lo hizo.

Escapismo 01

“Hace unos días me sucedió. Lo tengo tan presente como si hubiera despertado de ese sueño apenas unas horas atrás. Me encontraba acompañado de mi hermana, y éramos los dos un par de niños. Ella se veía tal como luce en las fotos familiares que veo cada vez que visito la casa en la que crecí: seria y desapegada. A distancia percibía a mi madre posada sobre sus piernas dobladas; joven, esbelta, y con el cabello negro y estilizado que tan bien la caracterizaba.

Como suele pasar en sueños, de pronto ya estábamos sentados los tres en el suelo de una amplia estancia, rodeados de varias peceras de diferentes tamaños, repletas de plantas y de peces muy pequeños y de vívidos colores, como cuentas de collares. El agua contenida era tan clara que parecía que aquellos peces flotaban en pleno aire. El piso era negro, frío, y muy brilloso, de mármol. Contrastaba con las paredes blancas y vacías de la pieza. No se veían muebles por ningún lado, y se respiraba un ambiente poco familiar, como el de una habitación en la cual nunca se había estado.

Mi madre estaba empeñada en intercambiar a los peces entre las peceras. Pensé en lo complicado que sería tal tarea. No entendía el propósito y estuve a punto de replicar, más sin embargo nos repetía que debíamos vaciar todos esos envases de vidrio y que debíamos ayudarle. Su insistencia rayaba en el hastío, como el coro de una tonada desagradable que parece no tener fin. Contradecirla sería inútil.

Súbitamente, todos aquellos tranquilos envases comenzaron a volcarse por sí solos y su contenido se esparció por todo el suelo. Pasé del estupor a la desesperación. Me levanté de un salto, y comencé a sentir el agua mojando mis pies. Ví cómo los pequeños peces temblaban inciertos en varios charcos que se empezaron a acumular a nuestro alrededor. Agobiado y con un tremendo pesar, me afanaba en salvar a esos escurridizos seres babosos y gelatinosos. Cada vez que tocaba uno, se separaba en pequeñas esferas mercuriales; al retirar mi mano volvía a su aspecto original. Intenté rescatar varios, pero todos se me escapaban igual. Era una labor futil.

En eso concluyó mi sueño; al despertar no pude evitar sentir más que alivio al darme cuenta de que es mejor aceptar que hay cosas que por más que uno intente, no tienen salvación.”